Estaban acostumbrados a despedirse. Lo habían hecho tantas veces. Pero esta vez era la última. O una penúltima disfrazada de última. Lloraron en el andén del metro, amarrándose con fuerza y haciendo que el minuto que quedaba para la aproximación del tren fuera eterno. Pero sí, el tren llegó, y sus ojos desaparecieron en el túnel.
Ella había corrido tras él maleta en mano, sin dinero, sin voz con la que comunicarse... buscando un mundo común, mundo que ahora dejaba de tener sentido, que se dispersaba... que se despedía.
Ahora lo entendía. Comprendía que sus caminos iban por separado, que hasta el tiempo sería distinto, que sólo podrían llegar a imaginarse, a seguir sosteniendo sus imperturbables recuerdos entre sus manos.
Sí, todo había cambiado. Pero nada podría llegar a olvidarles.
Y ahí residía la belleza del desgaste. Diferente y extraña belleza.
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