Yo ya sabía que tu ternura era un lugar seguro
cuando tu cuarto se vistió de pétalos y velas,
y tu cuerpo, en silencio, me cantaba al oído:
refúgiate en mi castillo, Elena.
Fuiste capaz de cambiar septiembre por noviembre,
de hacer callar los maullidos pasados,
de alojarme en tu tejado para disfrutar
de un vértigo incontrolable en el estómago.
Poco a poco me dejaste entrar en tu mundo,
donde siempre somos caprichos de Madrid...
Y entre abrazos y besos de arácnidos
comenzaste a cerrar mi cicatriz.
Tú.
Mi universo.
Mi aire y mi tiempo.
De la dama, mi caballero.
Mis sueños de un hombre despierto.
Mi treinta y seis...

... Mi dueño.